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SHIRDAL

SHIRDAL

SHIRDAL

Por: Luna Alexa
Facebook: Luna Alexa

A la edad de 18 años, Shirdal recibió la primera embestida del universo. Un viaje que cambió el curso de su historia, una aventura hacia el sur del horizonte donde se vislumbra la Patagonia, el fin del continente. Su evidente ingenuidad no alcanzaba a imaginar cuán poderoso sería este viaje en su día a día, un devenir que tomaría tanta fuerza levantándose como gigante protector de su identidad, una acción que trastornaría todos los planes ya establecidos y las estructuras ya implantadas. Ella –sin saberlo– se preparaba para convertirse en una mujer muy diferente a la que se creía en aquel entonces.

La vida pocas veces se toma la molestia de explicarnos los por qué, le gusta cocinarse a fuego lento y servirse fría, igual que la venganza. Nadie logra entenderla, aunque todo el mundo la critique; se espera tanto y es tan breve el tiempo que de ella se obtiene. La vida guarda una ironía: hay que esforzarse para hacerse valer, pero se invierte toda la existencia en lograrlo. Así describe Shirdal su lapso de continuidad en esta tierra, como el vaivén de las olas sólo regidas por la corriente, coexistiendo en una dualidad entre la mejor y peor versión de sí.

Los vientos del sur le traen tempestad a su mente, vive cada día con las emociones saliendo por los poros. Mientras corren las lunas la princesa entiende que está muy lejos de su castillo, distante de ese reino de oro y cristal donde creció y creyó aprender lo suficiente para enfrentar al dragón cuando este se presentara. Pero nadie le enseñó que la bestia puede ser un camaleón que se camufla en lo inesperado para que su ataque sea más letal.

Entonces su mundo entero se condensó en una burbuja que de tanto crecer reventó. Sus esquemas cayeron al vacío, Shirdal sentía que flotaba en la nada, apenas un líquido amniótico la mantenía viva. Todos sus preceptos fueron cuestionados, toda su existencia se encogía hasta no tener propósito, como si un velo se corriera sobre sus ojos despertó y ella naciera de nuevo con la cabeza llena de dudas, de miedos; insegura, inocente y hambrienta sale en busca de auxilio y consuelo, quiere apaciguar sus pensamientos para sentirse en paz. Así escribe y canta esta melodía para quien desee oírla:

Hay un vacío en mi alma en el que navego sola
intentando descifrar quién fue la que me cambió...
Con las alas del alma desplegadas al viento,
libre de sombras que pudieran nublarme, trato de buscar mi esencia,
tan solo es un mal sueño...

Lejos de su familia se siente renovada, imbatible, durante los estudios conoce gente de muchos países y culturas; los extraños se convierten en amigos y uno en particular se hace cada vez más visible, casualmente es al que todos quieren evitar. Es un ser envuelto en misterio, lleno de intriga, justamente ese será el detonante para que ella se decida a desenmarañarlo, para que intente llegar hasta su núcleo. De pronto, la disposición es completa entre ellos, han descubierto una extraña afinidad: ambos carecían de afecto y se entregan sin reservas a descubrir la vida del otro.

Las oportunidades para verse aumentan vertiginosamente, entonces, conocer al otro se convierte en una ocupación constante, pero la camaradería comienza a tomar tintes oscuros y el tacto se hace más sensible al roce. Esta será la primera vez que Shirdal decida si perder o no los estribos frente a las aguas del deseo: ansiosa resuelve sumergirse en ellos desencadenando una impetuosa oleada de placer que ya no cesará de replicarse hasta consumirlos.

El vínculo amoroso es la constante de sus vidas, aquel chico misterioso entre las sombras es ahora su amo y protector, ella su leal admiradora y discípula, la musa que surca las espumas cuando alta es la marea inspirando las más bellas melodías que juntos interpretan hasta el amanecer y al caer sobre ellos la tormenta. Él la toma entre sus brazos y le cuenta que esos sonidos estruendosos allá afuera son el aleteo de los ángeles oscuros buscando almas limpias que devorar, pero ella puede dormir tranquila porque éste ángel –decía– el más sombrío, es quien vigila su sueño.

Por un momento siente haberse encontrado a sí misma; una fresca pero ligera brisa hace creer que al fin pertenece a algo real, abre sus alas creyendo que ya no es más una oruga para encontrarse tirada en las frías baldosas de la traición.

Con su corazón dividido en partes iguales, la princesa decide volver a su palacio de cristal, creyendo más seguro seguir el camino de oro que alguna vez recorrió, creyéndose a salvo en sus nativas tierras. Derribó las murallas que durante años levantó, retornó al reino del norte confiada, segura, tranquila de tomar una sabia decisión.

Cuando las relaciones se marchitan y mueren siempre es necesario emprender un nuevo camino hacia otros rumbos. Huyendo de su realidad aparece la segunda arremetida del cosmos, ella regresa para entender que ahora encaja menos que antes, ya no es la misma que partió hacia una aventura desde que su burbuja estalló, es un ente que, si bien amorfo, tiene aliento y respira, un ser híbrido que espanta a los que creían conocerle y amarle, no puede reflejar algo distinto a desolación y derrota porque así vuelve, es un grifo desorientado que retorna para recibir una nueva vida en su interior.

De pronto, algo la consume desde sus entrañas, crece y se hace fuerte mientras absorbe energía vital para hacerse real en el mundo de los vivos. Ella se hace cargo y lucha por “hacer las cosas bien esta vez” porque ahora su vida ya no le pertenece más, su vientre se ensancha hasta convertirse en una mitosis que explota y sangra, su corazón dividido en partes iguales ahora tiene dos latidos palpitando al unísono.

Shirdal sigue anhelando volver a las cálidas tierras del sur que la vieron nacer por segunda vez, convertida en esa masa imperfecta con la que nadie quiere vivir, donde alguna vez se sintió viva, real, parte de algo, parte del todo; el destino entonces se toma tiempo para el tercer embate, ella vuelve a su tierra del edén solo a parpadear, dándose cuenta que no es el momento ni el lugar, que de no ser por ese su otro corazón lucharía cual guerrera vikinga por defender su Valhalla, pero hubo de renunciar a esta ilusión por hacerse cargo de la otra vida que de ella depende.

Hay un vacío en mi alma en el que navego sola
intentando descifrar quien fue la que me cambió.

Shirdal ahora ya con 30 años sigue siendo como el grifo, ese animal mitológico de la antigua Persia, con cabeza de águila y patas de león. Sigue conviviendo con estos dos depredadores que luchan en su interior, sigue siendo esa estructura deforme pero firme, permanece en la dualidad de ser la mejor y peor versión de sí.

Y así describe su lapso de continuidad en esta tierra, como el vaivén de las olas que solo son regidas por la corriente.